Educación emocional

En los últimos años han proliferado en escuelas de primaria, iniciativas para enseñar a los terrícolas más pequeños esto que se ha convenido en llamar inteligencia emocional (IE). Seguro que has oído hablar de ella. Probablemente también hayas oído hablar de la famosa empatía (E).
Acostumbro a decir que cuando se pone de moda hablar de algo es porque nos falta de eso. Por lo tanto, si nos falta IE o E., debe ser que somos ¿analfabetos emocionales egocéntricos?

A los terrícolas de generaciones previas, lo de la IE o la E, nos ha cogido por sorpresa. Si te fijas, en la escuela nos han enseñado muchas cosas: matemáticas, literatura, ciencias… pero nadie, ni en nuestra familia ni en el colegio, nos enseñó herramientas para aprender a vivir la vida. O sea: cómo lidiar con mis miedos, cómo relacionarme con las otras personas, de qué va eso de amar y cómo se hace, qué hacer con la ansiedad, o con la frustración, o con la vergüenza, etcétera. Por no hablar del sentido de la existencia. Casi nada. Por eso nos desesperamos.

¿Te ha pasado alguna vez algo parecido?

  • Tengo ganas de llorar. Me ocurre algo pero no sé exactamente qué es. Me siento  bloquead@
  • Lo tengo todo pero me siento triste (o enfadad@, o alguna otra sensación. Escoge la tuya). No debería sentirme triste (o la sensación que hayas escogido).
  • Me siento perdid@. Por más vueltas que le doy no sé qué hacer ni por dónde empezar.
  • Me gustaría hacer X (rellena con tus deseos) pero no me atrevo.
  • Soy muy tímid@. Siempre me corto. Me gustaría acercarme a los otros y no sentir que meto la pata. 
  • No me siento comprendid@
  • Aunque aparente mucha seguridad, en realidad no la siento. 
  • Y un largo etcétera.

En realidad nos enseñaron cierta educación emocional. Pero ¿era la adecuada? Un ejemplo. Quizás al llorar porque tu hermano mayor te había roto tu juguete favorito, aparecía papá o mamá y te decían aquello de deja de llorar o te daré razones para ello. O en el colegio se reían de ti y te llamaban nenaza delante de todos. Así que aprendiste a guardarte tus tristezas y decepciones porque no eran bien recibidas por el entorno. Y con los años has aprendido a poner debajo de la alfombra todo aquello que te duele o te molesta de algún modo o simplemente lo escondes para no volver a sentirte incomprendido o humillado. Quizás hasta el punto de que ya no sabes ni qué te duele o no lloras ni que te pinchen.
Estate seguro de que, si levantas la alfombra, hay por lo menos un mamut debajo.

Algo parecido me pasó a mí. A los treinta y pocos, me fui al terapeuta con una crisis monumental a cuestas. No sabía ni qué me ocurría. Solo tenía la sensación de estar en el modo pausa: no iba ni para adelante ni para atrás. Con mi terapeuta descubrí que los sentimientos no son una entrada del diccionario ni tampoco algo de lo que avergonzarse. Descubrí un montón de cosas más. Sentí que recibía una segunda educación: esta vez, emocional.

Así que he decidido sistematizar algunos de estos aprendizajes y otras observaciones desde mi experiencia como persona (sobre todo), terapeuta, docente y antropóloga.

Voy a compartir contigo algunas reflexiones y herramientas de educación emocional que creo que pueden ser muy útiles. También tengo diversos programas para trabajar (en persona u online) aquello que te esté preocupando. Todo ello destinado a que puedas llevar una vida más satisfactoria y plena.

2 Comments

  1. Hola Eulalia Gracias por dejar tu web . Respecto a tu articulo de la revista AETG . me ha parecido muy claro y sensato en tu aportacion sobre el amor, me ha encantado, pienso que estas en un momento de “iluminacion” .Enhorabuena. Deseo que ello te conduzca a la plenitud que espero sea bella y te aporte la felicidad que te estas ganando. Un cordial saludo.

    M'agrada

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