¡Alegría, alegría!

Quien más quien menos ha visto la película de Pixar “Del revés“, una manera entretenida y fácil de aprender un poco sobre las emociones. Si no lo has hecho, te lo recomiendo.
Aunque no voy a hacer ningún spóiler, sólo quiero mencionar que la emoción de la alegría aparece dominando el cotarro. Eso no sólo ocurre en la película. En la vida en 3D, también la alegría se ha erigido en el santo grial gracias al discurso preponderante de la actitud y el pensamiento positivos.

Según parece, el padre de Buda quiso ocultarle la enfermedad, la vejez, la muerte, el sufrimiento, confinándolo en un lugar idílico y paradisíaco. Sin embargo, Buda por casualidad acaba descubriendo todo lo que su padre le venía escondiendo. Esto hace que emprenda, como ya sabemos, un camino personal diferente a lo que estaba previsto para él: en lugar de convertirse en Rey, acabó immerso en un camino de espiritualidad y trascendencia que fue intenso y no siempre apacible.

Pues bien, los occidentales parece que pretendemos hacer el camino contrario al de Buda: así, estamos enfrascados en una búsqueda infinita del placer y el hedonismo, que nos gustaría que se convirtieran en estados perennes.
Negamos el sufrimiento aunque la tozuda realidad se empeña en aparecer con su contundencia habitual y nos cuestiona ese deseo.

Como expliqué anteriormente, cada emoción implica una sensación corporal.
La alegría la sentimos expansiva, es como un calor agradable que nos recorre y nos abre al mundo: queremos acercarnos a los otros, compartirnos, contagiar nuestro estado, achuchar, abrazar, besar, reír, experimentamos curiosidad, nos sentimos animados y expansivos.
En definitiva, es placentera.

Sin embargo, a veces, desde la alegría y su expresión más opulenta, la euforia, con esa cosa de querer expandirse y compartir con el otro, decimos cosas como: Anímate, Anima esa cara, La vida son dos días: hay que disfrutarla, Seguro que se pasará, etc.
Sí, a veces desde la alegría y especialmente desde la euforia, dejamos de ver al que tenemos delante y sus circunstancias: alguien que quizás tiene un problema real y acuciante que le impide estar en modo alegre on.
Este tipo de alegría es arrasante.

Lo importante de las emociones es que no son un estado sino un tránsito.
Sin embargo, en Occidente se nos vende la ilusión que podemos alcanzar un estado de alegría permanente. Si no lo conseguimos, y la vida se encargará de ello con sus virajes y sorpresas, entra en juego la frustración, la rabia… No podemos borrar de un plumazo el contexto en el que estamos sumergidos y a veces parece que la alegría es solo una responsabilidad y actitud personales.

El mensaje sociocultural de la alegría viene relacionado casi siempre con el consumo: hacer un viaje, ir a una fiesta, comprar esos zapatos, ese ordenador, tomar esa bebida… parece que nos tiene que encumbrar en un estado de felicidad y alegría permanentes.
En resumen: se produce una idealización de la alegría que confundimos con la felicidad. La alegría viene empaquetada en diferentes formatos y experiencias. Se convierte en un sucedáneo.

Además ocurre que como el mandato social es que “hay que” estar alegre a toda costa (la vida son dos días), uno se fuerza: cuenta chistes, hace bromas, es divertido… y quizás no siente realmente esa alegría. Podríamos preguntarnos si realmente nos sentimos alegres o es una impostura.

La alegría circula, va y viene, como el resto de emociones. Esta obsesión occidental con esta emoción, muestra paradójicamente lo que negamos y no aceptamos: la tristeza, la rabia, el miedo, la incertidumbre, etc.
A veces utilizar una alegría aparente, simplemente indica que uno no quiere conectar con la tristeza u otra emoción subterránea porque le molesta en sus planes. ¿Quién no se ha fijado a veces en personas que parecen instaladas en una sonrisa forzada? Como si se hubieran colocado una máscara. ¿Quién no se ha encontrado con el divertido de turno y en lugar de hacerle reír le ha parecido cargante?

La auténtica alegría implica vivir en profundidad todos los estados por los que pasamos y entender que la vida es incertidumbre.

Artículo aparecido originalmente en Passeig de Gràcia.

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