Actitud

Hace unos años, como parte del zeitgeist o espíritu de nuestros tiempos, oímos hablar de actitud. Frecuentemente acompañada del adjetivo positivo. Viene del latín agere: hacer, actuar, mover. Dejando a un lado cualquier adjetivo, para mi tomar actitud es posicionarme delante de las cosas del directo dejando a un lado mis expectativas, mis anhelos, mis juicios, etc.

Cuando digo posicionarse me refiero a enfrentar los hechos tal como vienen. Tiene que ver con aceptar, que siempre digo que es lo más difícil de todo.
¿Quién de nosotros no se ha peleado con lo real, debatiéndonos con “como deberían ser las cosas” o “el mundo al revés“? Algunos nos enfadamos con lo real; otros lo lloramos; los hay que nos sentimos víctimas de las circunstancias y así nos colocamos en un lugar de impotencia, como si no pudieramos hacer nada; otros nos especializamos en escondernos como si así no nos fueran a alcanzar las situaciones; e incluso los hay que evitamos ver lo que se planta ante nuestros ojos, sea por negación, sea restándole importancia. A veces incluso pasamos por varias de estas fases.

Quejarse o desesperarse es inevitable. Realmente, a veces se nos coloca ante auténticas encrucijadas. A veces, la cosa está incluso en saber cuál va a ser el camino menos “malo”. La cuestión es que después del enfado, la tristeza, la queja, lo que sea, la cosa va de dejar de pelearse con los hechos tal como vienen y ver cómo afrontarlos, qué podemos hacer y qué no. Aquí entra el famoso palabro actitud.

Realizar un proceso terapéutico no te resuelve la vida: situaciones y dificultades las vas a continuar teniendo siempre. No hay varitas mágicas que te salven de vivir. La cuestión es: cómo las vamos a encarar.
Un proceso terapéutico te ayuda a entender(te), a comprender tus puntos fuertes y tus limitaciones. Es muy bueno conocerse a uno mismo y saber con qué habilidades cuentas, cuáles puedes desarrollar y qué limitaciones tienes. Te ayuda a contactar y clarificar tus necesidades y deseos. Todo junto te permite resituarte. A partir de aquí, podemos pasar a la acción. Con la conciencia que quizás no consigamos aquello que nos hemos propuesto o deseamos. O, de nuevo, porque suceden hechos que no teníamos previsto, debemos realizar reajustes. No hay bolas de cristal. Vivir es complejo. Lo que es seguro es que si no lo intentamos, si no nos esforzamos, si no ponemos de nuestra parte, no lo conseguiremos.

A menudo he oído contar a Andrés Pérez Ortega sobre las excusas que nos decimos para no empezar, por ejemplo, un proyecto propio: “es que no tengo tiempo“. Pero “te dejo que voy a verme 3 capítulos de (y una serie cualquiera)”.

Hace poco le comentaba a una amistad que se podía ir a la otra punta del mundo pero que la cuestión era que si no cambiaba de actitud, por muy lejos que se fuera, repetiría desde la inercia y se le plantearían dificultades similares.

Al final no se trata tanto de los otros, lo que hacen o dejan de hacer, sino de cómo nos posicionamos ante ellos. ¿Le digo al otro lo que necesitaría de él? ¿O espero que lo adivine?

La pelota está en nuestro terreno, ¿qué vamos a hacer con ella?

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