El ombliguismo nuestro de cada día

Los terapeutas sabemos que hay una fase del proceso terapéutico que implica mirarse el ombligo. Es una fase necesaria. La llamo la fase del yo-yo, porque gira en torno a nuestro ego. En esta fase, no sólo se trata de mirarse el ombligo, sino de empezar a mirárselo de otro modo. Cuando uno es capaz de mirarse con otros ojos, curiosamente pasa a mirar a los otros de una manera distinta. Es más, empieza a tener en cuenta que los otros existen, son seres con pensamientos y sentimientos propios y, por lo tanto, no están a disposición ni son marionetas de uno. Mejor o peor, actúan, hacen y deshacen según su propio criterio. Eso a menudo nos molesta porque su criterio no coincide con el nuestro.

Desgraciadamente no nos han enseñado a hacer introspección. Por eso existen los terapeutas, coach, etc. No sólo no nos han enseñado a hacer introspección, sino tampoco autocrítica. Una cosa es la exigencia del juez interno, para el que nada de lo que hacemos, decimos y sentimos está bien. La autocrítica, sin embargo, implica el ejercicio de mirarse y reconocer que he metido la pata en eso, he sido un bruto diciéndole aquello a mi hermana, etcétera. Y se puede emmendar: voy y pido disculpas o intento deshacer el lío. Me hago responsable. Pero no me recreo en ello después, taladrándome sobre la mala persona que soy (cosa que haría el juez interior).

Como no nos han enseñado ni autocrítica ni introspección (una alimenta a la otra), a menudo las relaciones que establecemos, no de manera conciente, se construyen desde nuestro ombligo. Bueno, desde el ombligo de cada uno; así que se acaban juntando dos ombligos. Tampoco nos han enseñado a comunicarnos adecuadamente; así que a menudo interpretamos al otro, la interpretación nos lleva a tomárnoslo a mal, y nos montamos unas películas que ni los thrillers. Ningún detective sería capaz de seguir las pistas de nuestro thriller interno. En otro artículo, escribí sobre cómo tendemos a reaccionar defensivamente ante los comentarios críticos de los otros.

Si tenemos nuestra mirada fija en nuestro ombligo, no podemos ver al otro. Pero sí acostumbramos a tratar a los otros como si fueran satélites que giran a nuestro alrededor. Esperamos que hagan lo que deseamos. Y lo esperamos sin tenérselo que decir. Deben ser adivinos, que nos lean la mente. Este es uno de los cambios terapéuticos más sanos: aprender a pedir al otro, poder decir aunque nos de vergüenza o miedo. A fin de cuentas, lo que nos da miedo siempre es que nos digan que no (a lo que tienen derecho, por cierto). Pero si nos dicen que no, es un no a una propuesta en concreto; no a nuestro ser.

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