Las marionetas y el cuento que me cuento

Decía en el artículo anterior que no nos enseñan a hacer introspección. De hecho, a la mayoría de personas que conozco, eso de entrar en contacto con uno mismo les provoca o risa o pánico. Sin embargo, no le veo más que ventajas. Si uno aprende a hacer análisis de sí mismo y autocrítica, si aprende a decir (pedir lo que necesita, lo que desea, decir que no, etc., y no darlo por hecho), si aprende a escuchar (tanto a sí mismo como escuchar las necesidades o situaciones del otro; o bien, encajar las negativas o las críticas de los otros), la visión propia cambia y por ende la que se tiene de otros. Se amplifica y se relativiza.

Es habitual, al menos entre los occidentales, hacer distinciones del estilo los buenos y malos, como ocurría en las películas de indios y cowboys. Cuando uno amplía su percepción y modifica la forma de observarse, también se transforman algunas consideraciones sobre terceras personas. Es habitual, por ejemplo, empezar terapia señalando al bueno y al malo de la película, y, con el proceso, ver que ni uno era tan bueno ni el otro tan malo. Entramos en el amplio terreno de los claroscuros.

Aprender a escucharse y escuchar no es fácil. Tener claro qué cuentos me cuento a mi mismo y cuestionarlos no es fácil. Si he aprendido a contarme -y me lo creo- que soy una víctima de las circunstancias, que todo lo peor me pasa a mí, que nadie me entiende, etcétera, no será fácil poner límites a estas narrativas propias. Tampoco si me digo y me creo que soy un crack, entenderé que otros no me vean ni me traten así.

Es complicado convertirse en un testimonio desapasionado de uno mismo; situarse a una cierta distancia de los distintos personajes que nos habitan y hablan al unísono, y no identificarse por momentos con cada uno de ellos: el victimista, el miedoso, el valiente, el pasota, el sordo, el ciego, el malo, el bueno, etc. Llegar a ser una especie de mediador del debate interno que nos aqueja las 24 horas del día requiere de persistencia y mucho sentido del humor. Le llamo desimportarcizarse.

Reírse de uno mismo y quitarse importantismos, que no importancia, es el ejercicio más sano que conozco. Nos hace salir, además, de nuestro ombligo. De repente descubrimos que hay otros más allá de nosotros, que tienen vida propia, ideas, sentimientos, opiniones, recursos, necesidades, deseos… diferentes o incluso opuestos a los nuestros. Y ese sí que me parece un ejercicio de lo más necesario en una época donde el ombliguismo campa a sus anchas. El ombliguismo entendido como una incapacidad de ver más allá de mí. Todo se reduce al yo-mi-me-mío-conmigo. Las relaciones y vínculos que establecemos se basan y parten de la perspectiva yo. Por eso decía en el artículo anterior, que cuando entramos en relación, lo que pasa realmente es que se juntan dos ombligos. Y desde esa perspectiva, el otro no es un ser con vida propia (y necesidades, deseos, etc) sino que se convierte en una pieza necesaria o necesitada por mí. Cuando el otro, al que necesito, actúa según sus propios designios -no los míos- se establece un cortocircuito. Esa es la fuente de reproches y conflictos en las relaciones.

Sin embargo, puede ser la invitación a empezar a mirar más allá de yo-mi-me-conmigo y darme cuenta que los otros no son (mis) marionetas.

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