Egocéntricos, quejicas y narcisistas

No hace falta que hagas nada. Seguro que un día ella/él/ellos/los otros se van a levantar, inspirados y, de repente, van a verte y reconocerte. Van a dejar de llevarte la contraria, van a dejar de humillarte, van a dejar de despreciarte, van a ser considerados, van a apreciarte por quien eres, van a valorarte, van a quererte, van a tenerte en cuenta… te reconocerán por fin y al fin. Porque cuando realmente lo quieres y lo deseas, el universo conspira en tu favor y abracadabrapatadecabra, hace realidad tus deseos para hacerte feliz el resto de tus días. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Lo único que tienes que hacer es esperar sentado en el sofá y un día el milagro va a obrar por sí solo. O si estás descontento con tu vida, tranquilo/a, un día todo se va a resolver sin necesidad que hagas nada ni le pongas empeño. Venga, no hace falta ni que te levantes de la cama. Sigue durmiendo.

La mayoría de personas que conozco (o simplemente sólo falta ir en transporte público y escuchar conversaciones ajenas de personas que no conocemos) quieren estar bien sin tener que hacer esfuerzos ni dedicar energías para cambiar aspectos de sus vidas con los que no están satisfechos. No sólo eso sino que el gran impedimento para que ellos estén bien y sean felices es que, maldita sea, los otros hacen lo que les da la gana, les llevan la contraria y hacen de todo menos ponérselo fácil para que ellos puedan ser felices. ¿Será posible? ¡Qué desconsideración!

Las conversaciones que escucho, o en las que he estado metida, a menudo me suenan a quejas constantes de cómo (no) son las cosas. Protestar y quejarse es un ejercicio necesario y sano. De vez en cuando hay que desquitarse y, por qué no, cagarse en todo. Protestar y quejarse puede incluso ser un acto revolucionario en unos tiempos -los actuales- en que se enarbolan las banderas del (dichoso) pensamiento y actitud positivos. Y al mal tiempo buena cara. Una auténtica dictadura en que lo negativo (el dolor, la tristeza, la decepción, la ansiedad) tiene poco lugar, quedando desplazado en algún rincón de nuestro ser tapado con maquillaje. El viejo truco de barrer y dejarlo bajo la alfombra.

En general, hay un discurso que se dedica a hacerte responsable de todo lo que te ocurre. Es porque no te esfuerzas suficiente, porque no te lo crees suficientemente, o porque no es una pasión como los cánones mandan. O sea, ¡la culpa es tuya! Sin embargo, la protesta y la queja también tienen que tener un límite. Los hay que están instaurados en la cultura de la queja y del victimismo constantes. Tampoco es eso. Si quieres creer que tu situación vital se va a resolver por sí sola, allá tú. Si quieres ser una persona tostonazo que lo único que haces es lamentarte por las esquinas de tu vida (supuestamente) miserable, allá tú. Si de lo único que hablas es de ti mismo (eres el tema más interesante, obviamente) y nunca te paras a preguntarle al que te escucha, ¿y tú cómo estás?, como un acto de empatía, allá tú.

Mi recomendación en todo caso es que te lo revises. Porque el tiempo pasa sin piedad y sin perdón y dejar tu vida en manos del universo (o lo que sea) me parece poco menos que una irresponsabilidad.

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