Eres introvertido. No alien, el 8º pasajero.

Cuando he compartido con otros introvertidos nuestra experiencia de la introversión, coincidimos en haberla vivido gran parte de nuestras vidas desde la sensación de ser por lo menos unos bichos raros. Preferir leer un libro, dibujar o pasear a hacer una actividad multitudinaria era… raro; que no nos gustara ir a discotecas era… raro; estar en un encuentro con otras personas no conocidas y hablar poco era… raro. Siempre había el típico que parecía molestarle que uno no hablara: ¿Y tú? ¿No dices nada? Todos los introvertidos hemos querido responder a esa pregunta y no nos ha salido. Sea como sea, la cuestión es que de algún modo nos llegaban los mensajes subliminales de que éramos raros.

Esa percepción de ser rara, me llevó a esforzarme para ser más normal. Y lo normal parecía estar relacionado con comportarse de una forma más extrovertida, más sociable, más divertida, más… algo. Durante años me obligaba y forzaba a ser dicharachera, entretenida, divertida, y… evidentemente fallaba en mis propósitos en cada encuentro social, con el consecuente machaque de mi juez interior. Me requirió tiempo comprender que no era un bicho raro, o no más que otros. Evidentemente, no hace falta ser introvertido para sentirse en alguna ocasión que uno no encaja o que desentona. Creo que quien más quien menos, ha pasado por esa experiencia. Por lo tanto, debe de ser que los bichos raros en sus formas diversas, debemos ser lo “normal“.

Los introvertidos en líneas generales experimentamos bienestar en situaciones tranquilas, que no impliquen gran exigencia física o mucho contacto interpersonal. Eso beneficia en nuestro rendimiento. No quiere decir que no necesitemos interactuar con otros. Sí lo necesitamos y lo hacemos… aunque a nuestro ritmo, y a nuestra manera. La intensidad del contacto o de según qué situaciones nos agota y a menudo requerimos de silencio o simplemente estar a nuestro aire para recuperarnos del mundanal ruido, para reflexionar o tener ideas creativas. No tenemos demasiado don de gentes, de entrada. Con las personas necesitamos tiempo y espacio.

Es inevitable hablar de la introversión y no hacer referencia a la otra cara de la moneda: la extraversión. En pocas palabras, un extravertido es lo contrario de un introvertido: necesita más interacción social, más estímulos, más actividad, más intensidad, más impulsividad.
Es inevitable además traer a platea la extraversión porque con el tiempo me di cuenta que mi juicio por mi manera de ser se debía a que me percataba que el mundo está hecho para los extravertidos. De hecho, continúa siendo así: el mundo está enfocado para la extraversión. La necesidad de mucha actividad, de velocidad, de ruido constante, de permanecer en contacto el máximo tiempo posible a través de todos los dispositivos posibles, del trabajo en equipo… son requerimientos de nuestras sociedades híperactivas.

La introversión es una forma de estar y ser en el mundo igual de válida que otras. No es una anomalía. De vez en cuando, me gusta volver a escuchar a Susan Cain en esta charla TED donde precisamente habla de la introversión y de las necesidades de aquellos que se pueden designar como introvertidos.

La vuelvo a escuchar para reconfortarme ante la velocidad, la hiperactividad, la demanda de tener soluciones cuando lo que tengo son montones de preguntas, ante tanto hacer y poco ser o estar.

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