Pedestales y podios, o la manía de idolatrar

Una característica de nuestra sociedad es que buscamos referentes. En sí, buscar referentes, un modelo a seguir, alguien que nos inspire, no tiene nada de malo. Como sociedad, acostumbramos a mirar y encumbrar en una especie de Olimpo de Dioses, a gente famosa: actores, cantantes, directores de cine, escritores, músicos, artistas, deportistas, empresarios de éxito… O sea, más bien profesiones que tienen que ver con lo público y lo aparente. Supuestamente hacen cosas increíbles, asombrosas, talentosas, etc., que el común de los mortales no hacemos. O quizás es que tienen una buena agencia de comunicación detrás que los coloca en el centro de mira.
En un nivel más terrenal, a veces se trata de personas de nuestro entorno: un padre, una abuela, un profesor, una amiga… alguien que hace algo que nosotros admiramos. O que tiene algo que nos gustaría tener y que no tenemos.

La cuestión es que buscamos referentes que en lugar de humanos se comporten como divinos. Cuando entramos en la cosa de idolatrar a otro, por lo que observo, esperamos de él o ella que sean personas intachables e impolutas. O sea, convertimos al otro en un ideal, un otro idealizado. Parece que en lugar de caminar, se deba desplazar flotando. Si por algún motivo (nos) falla -cosa que seguro va a ocurrir, a fin y al cabo es un ser humano y en alguna ocasión se equivocará-, entonces va a caer en desgracia. Lo vamos a decapitar, metafóricamente hablando.

Miramos hacia fuera buscando referentes porque si nos miramos a nosotros… ¿qué ocurre?
En el fondo, por más que nos machaquemos o nos esforcemos, sabemos que somos imperfectos. Si para empezar lo soy yo, ¿cómo puedo pretender que el otro idealizado no lo sea y por lo tanto no se equivoque? De hecho, si nos fijamos un poco, le subimos en un pedestal porque tiene algo o hace algo que nosotros no tenemos o no sabemos hacer y que probablemente nos gustaría. Quizás incluso le envidiamos. O sea, nos fijamos en el fondo en lo que nos falta a nosotros.

A menudo ocurre además que uno no es capaz de reconocer sus capacidades o habilidades. No les da la menor importancia. Pero sí nos fijamos en las capacidades y habilidades que tienen otros.
En mi caso, como introvertida, siempre me ha maravillado lo que hacen los extravertidos, que llegan a un lugar, se ponen a hablar con cualquiera y en un plis-plas ya se han hecho dueños del cotarro. Durante años me he preguntado: ¿cómo se hace eso?
Sin embargo, con el tiempo, he visto que las capacidades de observación, reflexión y detalle que como introvertida puedo aportar (y a las que no daba menor importancia) resulta que han sido valoradas en mis entornos. Me han dicho a menudo que soy incisiva, que voy al grano, que digo las cosas sin rodeos, etc.

El problema con subir a alguien a un pedestal es que cuando se equivoque, le vamos por lo menos a despreciar. Sentiremos que nos ha fallado, que no estaba a la altura de las circunstancias, y probablemente se lo reprocharemos. Cuando probablemente él o ella no nos ha pedido que les subiéramos a ningún Olimpo personalizado.

Como sociedad considero que admiramos o valoramos a las personas equivocadas por las cuestiones equivocadas. Admiramos belleza y glamour (pasada por photoshop o bisturí), admiramos el éxito y el dinero que alguien consigue, admiramos el ruido que hace y lo medimos en cantidad de seguidores o likes. Admiramos mucha tontería. En cambio no admiramos (o valoramos poco) a las personas que tenemos más de cerca. No admiramos los que nos cuidan, los que nos tratan bien simplemente porque existimos, los que cada día nos cocinan o nos lavan la ropa, los que van con nosotros al médico. Valoramos poco a los que nos quieren. Quizás porque no nos gusta cómo nos quieren o porque damos por hecho que están siempre allí. Probablemente no somos capaces de apreciar que nos quieren y nos lo muestran a su manera: imperfecta. Igual que la nuestra.
A mi alrededor casi todos son anónimos. Sin embargo, están cada día al pie del cañón. Tienen días mejores y peores. A veces meten la pata garrafalmente. Las circunstancias ante las que nos pone la vida a veces no son fáciles. Vivir no es fácil, digan lo que digan los speakers motivacionales o las películas. Nos hace surcos, manchas y heridas. Y así vivimos. Muchos de ellos me enseñan que hacen cosas admirables cuando vienen contratiempos. A veces ni siquiera lo ven así, no valoran todo lo que hacen. Y lo que hacen a menudo es simplemente estar, a las buenas y a las maduras, llueva o nieve. Para mí, son los auténticos héroes. El resto es just entertainment.

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