Distopía 1: En el punto de mira.

Aquella mañana, antes de ir al cole, papá le riñó. Le había quitado a Andrés, su hermano más pequeño, aquel camión, uno de sus juguetes preferidos. Tuvieron una discusión. Andrés le pedía que se lo devolviera y Óscar no quería. Los gritos, insultos y tirones empezaron. Apareció papá, los separó y se enfadó. Especialmente con Óscar. Le dijo que ésa no era la actitud, que si quería el camión de su hermano, primero se lo pidiera. “Es que nunca me lo deja“. “Quizás porque siempre se lo quitas sin pedírselo. De todos modos, es el coche de tu hermano y si no te lo quiere dejar, no te lo quiere dejar. Puedes intentar convencerle. O llegar a un acuerdo, un intercambio: le prestas un juguete tuyo, si él te presta el camión. Pero nunca debes cogerle algo si él no quiere dejártelo. ¿Verdad que no te gusta compartir tu camiseta de fútbol? Y todos lo respetamos. Pues es lo mismo“. Total, que al final papá le castigó sin poder ver el episodio de dibujos animados que cada tarde veían juntos porque Óscar había insistido en su protesta. Estaba enfurecido. La vida era injusta. Papá era injusto. Siempre trataba mejor a Andrés que a él; quizás porque era su hijo natural. Estaba claro que le prefería. Óscar no lo dudó un instante. No le gustaba su segundo papá. Siempre le daba órdenes, siempre le decía lo que tenía que hacer y lo que no y lo peor era que siempre se ponía de parte de su hermano. Había aguantado demasiado tiempo en aquella casa. Así que pediría el traslado a un nuevo hogar otra vez. Claramente no había acertado con éste. Sus padres biológicos ya le habían impuesto demasidas normas y en ese hogar volvían a las mismas andadas. Pediría en la Oficina de Hijos Reasignados, que le buscasen unos padres con más manga ancha.

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Este corto cuento distópico sigue la técnica de la exageración. Se trata de exagerar un rasgo existente. Hemos pasado de la máxima de “Todo para el pueblo pero sin el pueblo” a una que se queda en “Todo para el pueblo“. Parece que nos hemos orientado a satisfacer las necesidades (o caprichos) de los otros: sean clientes, hijos, pacientes, usuarios, alumnos, ciudadanos, padres, etc.
Una cosa es que se trate de mejorar: a uno mismo, el sistema, las pautas, el método, la organización. No hay duda que siempre hay aspectos a mejorar o cambiar. Sin embargo, me da la sensación que hemos caído en la cosa de tener contentos a los usuarios a toda costa. Y aquí creo que estamos vendiendo el alma al diablo.

En la temporada 3 de Black Mirror, el primer capítulo, Nosedive, precisamente iba enfocado en esa dirección. Uno tenía a disposición todo tipo de servicios (préstamos, alquiler de coches, etc) dependiendo del número de likes que recaudaba. Bueno, pues ahora algo o alguien es válido según la valoración que de ello hagan terceros. No hay posibilidad de juicio, apenas hay posibilidad de defensa. La única credibilidad que se otorga es la de la mayoría. ¿Bajo qué conceptos? ¿Cómo puede ser que tenga toda la credibilidad sólo uno de los lados?

Como en el breve cuento distópico, del mismo modo que no tendría sentido que nuestros hijos pudieran escoger cambiarnos por otros padres por el simple hecho que no les guste que hagamos el papel de la autoridad, ¿por qué sí lo tienen las personas en otros ámbitos?. “Es que a la gente no le gusta“, no me parece un motivo suficiente para cambiarlo todo. ¿Acaso no hacemos muchos cada día cosas que no nos gustan y sobrevivimos?

TO BE CONTINUED

 

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