Éxito y fama. Fracaso y error.

Cada época tiene sus pasiones y obsesiones. En la nuestra, el éxito o la fama son dos de ellas. En concreto: conseguir el éxito o ser famoso. Por conseguir el éxito o la fama, sobreentendemos que la cosa trata de ganarse la vida muy bien, económicamente hablando, y/o ser reconocido socialmente. Parece que conseguir ese éxito es lo que nos da valor y, en cierto modo, lo que nos infunde identidad. Somos lo que tenemos o somos según el reconomiento o la aclamación de otros.

Como nuestra cultura tiene esta manera de pensar según una lógica de los opuestos, en el que solo uno de los dos tiene cabida, en el caso del éxito, no conseguirlo, implica directamente su opuesto: el fracaso. Sin términos medios ni medias tintas. Si fracasamos, nuestro valor e identidad se van a pique, nos convertimos en perdedores. La autoestima se hunde como el Titanic. Claro está, valdría la pena saber qué es fracasar para cada uno de nosotros. Pero ni tener éxito tiene por qué hacernos alcanzar la dicha (¿quién no conoce alguna persona supuestamente exitosa y/o adinerada más bien amargada?), ni no tenerlo implica que somos un fracaso. Como siempre se trata de cómo nos creemos ciertos eslóganes sociales, que no cuestionamos. No sólo porque lo que para uno es exitoso, no necesariamente lo es para otro. También se trata de cómo nos manejamos con la frustración, la persistencia, la gestión de la exigencia y la equivocación.

A menudo nos sometemos a una gran presión interna: como vimos en el artículo anterior, tenemos muchos frentes por resolver a diario. Ser exigente, ambicioso y autocrítico con uno mismo no es una mala cosa en sí. Sin embargo a menudo, una equivocación o no conseguir lo que nos proponíamos (tal y como nos lo proponíamos), lo experimentamos como que hemos fracasado. Vivimos los extremos de una forma absoluta. No estar en uno de los lados, implica estar en el otro. Vivir desde un estado interno que rece “no me puedo equivocar” o “debo conseguir esto a toda costa”, nos pone entre las cuerdas.

Es la manera ideal de vivir con mucha tensión y de vivir como una carga muy fuerte el fracaso o el error. Porque, sin lugar a dudas, en algún momento nos vamos a equivocar. Los romanos ya lo decían: errare humanum est. Además, hay asuntos que se nos escapan de las manos o que no solo dependen de nosotros. Vivir en términos absolutos es el camino ideal para la decepción y la descalificación personales. Los americanos tienen claro que llegar al éxito implica una travesía de muchos fracasos o errores de los que aprender. De hecho, se plantean el éxito como hijo del fracaso. Sin embargo, conozco muchas personas que han dejado de hacer algo porque no les ha salido súperbien a la primera y se han castigado autodescalificándose. Es a lo que nos lleva la cultura de la immediatez.

Tomar el camino del medio va de querer hacerlo lo mejor posible cada día, de alegrarse de los pequeños triunfos diarios, de no fustigarse por ciertas meteduras de pata, de tomar nota y aprender de ciertas equivocaciones. Y de persistir.

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