Mientras rescataban a los bancos, tú te sentabas en el banquillo de los acusados

Hace unos días escribí sobre ciertas consignas que pululan en el ambiente. Grandes frases como:
-“la vida te está dando una señal”: como si la vida te enviara consignas subliminales para hacerte entender que no vas bien encaminado.
-“vigila lo que deseas porque el universo conspira a tu favor”: y supuestamente si deseas algo muy fuertemente, el universo va a hacer cumplir tus deseos.
-“si tienes una actitud positiva y abierta vas a atraer cosas buenas” (ley de la atracción). Si no, vas a atraer cosas malas.

No sólo he vivido en carne propia lo que implica creer estas sentencias, sino que, como además una de mis profesiones es la de hacer de psicoterapeuta, he visto las repercusiones terribles en las vidas de pacientes que creen en ellas. Me parecen mensajes tendenciosos y sobre todo muy dañinos. ¿A qué lleva creerlas? A sentir que uno no se esfuerza suficiente o que no lo está haciendo suficientemente bien y, por eso, ciertos aspectos de su vida (el trabajo, la pareja, etc), no se dan como uno desearía, o como deberían y como resultado van fatal. ¿Consecuencia? A la mayoría nos falta poco tiempo para sacar un látigo invisible y empezar a golpearnos con él, a acusarnos por nuestra torpez, porque no confiamos suficientemente bien en el universo o porque no tenemos una actitud suficientemente buena. Así, la vida y el universo, que no tienen nada mejor que hacer que estar muy atentos a cada uno de nosotros (7.000.000.000 de humanos en el planeta, sin contar las otras formas de vida terrícolas) y a nuestros movimientos, y, además saben lo que pensamos y sentimos, nos castigan. ¿A alguien le recuerda vagamente todo esto a ciertos preceptos católicos?

En resumen: no nos esforzamos lo suficientemente bien ni creemos con las fuerzas suficientes. Son formas que toma el juez interno que en otras ocasiones he descrito: aquella voz interna desde la que nos escrutamos y nos juzgamos a menudo muy duramente.
Lo que consiguen estos mensajes es cuestionarnos, vernos como seres fallados o llenos de taras, insuficientes, poco adecuados. Incluso a vernos como fracasados y perdedores. Nos hacemos responsables al 100% de lo que nos ocurre. Sin tener en cuenta el contexto que es mucho más poderoso de lo que normalmente tendemos a considerar. Por ejemplo, en los peores años de la crisis, muchas personas se quedaron sin trabajo. Y en muchos casos, sus esfuerzos por conseguir un nuevo empleo fueron infructuosos. Sin tener en cuenta el contexto, entraron en acusaciones personales que les llevaron a cuestionar y minar su valía personal o su dignidad. La autoestima se resintió en muchos casos, entrando algunos en procesos de tipo depresivo. O sea, que además de haberse quedado sin trabajo, la culpa de su situación era suya y solamente suya por, primero haber perdido el trabajo, y, segundo, por no esforzarse lo suficiente en conseguir un nuevo empleo o por tener una actitud de mierda.

Quiero recordar que en aquellos años se rescató a los bancos, causantes de la crisis. Algunas películas y documentales han explicado cómo se desarrolló. Recomiendo especialmente éste de Terry Jones que me parece muy didáctico.
En realidad, ése es el éxito de ese tipo de mensajes: en lugar de organizarnos para cuestionar el status quo, nos atomiza socialmente y nos híperresponsabiliza de nuestras situaciones. Mientras los bancos eran rescatados, muchas personas se autoacusaban de estar en la situación en la que estaban y se sentaban en un banquillo de los acusados imaginario.

Imagen de Pixabay.

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