El caramelo del placer

En general, los hijos nos sentimos obligados a venerar a nuestros padres. No es algo consciente. A priori, son seres casi incuestionables. O al menos eso consideramos.
Tiene tal fuerza esta veneración, que somos capaces de disfrazar quiénes son realmente: personas de carne y hueso que a veces la aciertan y en otras ocasiones meten la pata.
También con los hijos. La paternidad no es un asunto fácil.
Esa veneración inconsciente nos lleva a que prefiramos disfrazar esas meteduras de pata antes que dejar de verlos como seres cercanos a lo divino. “Honrarás a tu padre y a tu madre“, dice una ley cristiana. Durante siglos leyes de este tipo han permitido a muchos padres decidir partes de las vidas de sus hijos: su profesión, con quién se iban a casar o con quién no, etc.

En general, los hijos nos sentimos obligados a venerar a nuestros padres. No es algo consciente. A priori, son seres casi incuestionables. O al menos eso consideramos. Tiene tal fuerza esta veneración, que somos capaces de disfrazar quiénes son realmente: personas de carne y hueso que a veces la aciertan y en otras ocasiones meten la pata. También con los hijos. La paternidad no es un asunto fácil.

Esa veneración inconsciente nos lleva a que prefiramos disfrazar esas meteduras de pata antes que dejar de verlos como seres cercanos a lo divino. “Honrarás a tu padre y a tu madre“, dice una ley cristiana. Durante siglos, leyes de este tipo han permitido a muchos padres decidir partes de las vidas de sus hijos: su profesión, con quién se iban a casar o con quién no, etc. La realidad es que nosotros no pedimos estar vivos. Tampoco ellos.
La realidad es que hay algo llamado instinto, que también tenemos los humanos, que nos lleva a reproducirnos.

La vida ha buscado el caramelo del placer para perpetuarse a través nuestro.

¿Alguien se ha atrevido a preguntar alguna vez a sus padres por qué le tuvieron, a él (y hermanos si los hay)?
Quizás has obtenido una respuesta. Quizás te han dicho que bueno, llegó un momento que quisieron tener hijos, que eres fruto del amor. O que es eso lo que se hace normalmente. Que “ya tocaba“.
El instinto nos posee para procrearnos. No sé si en realidad hay un querer. O si es simplemente consecuencia de algún momento de deseo.
¿Qué significa realmente “querer tener hijos“?
Una vez les pregunté a mis padres por qué me habían tenido, si yo no se lo había pedido.
Y se quedaron en un silencio pasmado.

La vida no se pide. Te ocurre.
Y sucede porque a otros les ha podido, o bien el instinto, o bien el porque-todos-lo-hacen. El porque-todos-lo-hacen es también muy poderoso. Las conveniencias sociales lo son.

Entonces, somos llamados a la vida.
Y de algún modo, eso hace que veneremos a los que nos han traído a ella.
Por sus motivos, los que sean, llámense deseo, instinto, amor, descuido o tradición.

Les veneramos tanto como a la vida en sí. Parece que necesitamos sacralizar a esto que llamamos vida a través de mitos, rituales y simbolismo. Probablemente para poder darle un sentido.
No cualquiera, sino uno elevado.
¿Es otro acto de emmascaramiento?

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