¿Y si nos contamos lo que de verdad nos ocurre?

Este artículo es una invitación a soltar la lengua y a compartir vivencias que nos ocurren de verdad y que nada tienen que ver con ciertas creencias que flotan en el ambiente:  ideales de cómo deberían ser las cosas o sobre cómo deberíamos ser nosotros mismos.
A menudo me encuentro intentando convencer a alguien que no es el único a quien le ocurre, por ejemplo (y por poner algunos casos):

1-No puedo dudar. Debería tenerlo (esto o todo) claro.
Dudar se ha convertido casi en un pecado capital. Y, sin embargo, es lo más común del mundo mundial. Muchas veces no sabemos qué hacer respecto a algún asunto. Yo cada día me debato entre varias situaciones, valoro pros y contras hasta que tomo una decisión. Si es que consigo tomarla, porque a veces me estanco. Puedo debatir entre cosas sencillas (¿voy en autobús o en metro?… y por todos los dioses que incluso con esto un día me puedo liar en un bucle); y muchas otras veces el debate es más complejo. He llegado a estar meses o incluso años dudando respecto algún área de mi vida. Por ejemplo, me pasé años mareándome sobre si debía dejar un trabajo fijo y seguro… porque tal y como estaban las cosas. Al final lo hice y estoy satisfecha, aunque no siempre las cosas han salido como yo planeaba. No es fácil convivir con la duda. Y en realidad cada día lo hacemos. No siempre es fácil tomar una decisión y a veces hay que convivir con la incertidumbre.

2-Es culpa mía si no encuentro un trabajo de verdad.
Sin entrar al trapo de qué es un trabajo de verdad (¿Contratos basura?, ¿Sueldos miserables?, ¿Calentar una silla durante 8 horas o más?), a menudo muchas personas olvidamos que hay un contexto que se impone y supera nuestras voluntades y deseos. He conocido a lo largo de mi vida varias personas que a partir de cumplir los 50 han perdido un trabajo (por ejemplo, les han echado o la empresa donde trabajaban cerraba y por lo tanto se quedaron sin trabajo). Por más que se hayan esforzado, no han vuelto a conseguir un puesto laboral y han vivido trampeando. Olvidamos que socialmente lo joven es lo guay y que a los adultos, a partir de ciertas edades, empiezan a invisibilizarnos. Por no mencionar, que estamos para menos mandangas y decimos lo que pensamos o no nos dejamos influenciar (manipular) fácilmente. Y claro, no siempre sienta bien. Ciertos mensajes positivistas, han conseguido que nos responsabilicemos de todo lo que nos ocurre, ninguneando el contexto. También olvidamos que todavía estamos bajo el influjo de una crisis económica mundial, que la desigualdad crece, que el tejido laboral es (para echarse a llorar) precario y que lo que fue hace unos años no volverá a ser. Pero la culpa es tuya porque no te esfuerzas suficiente. ¿No tenemos suficiente pastel como para que encima dudemos de nosotros y nos hundamos anímicamente?

3-La poca autoestima.
Se ha calculado que el 80 % de nuestros pensamientos son negativos. La mayoría de nosotros nos queremos poco a nosotros mismos y, para acabarlo de arreglar, nos comparamos con los otros. Hay algunas creencias secretas según las cuales a los otros les va mejor, son más felices, tienen mejores cualidades que nosotros, etc. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de nosotros no nos tratamos demasiado bien: tenemos poca paciencia con nosotros mismos, nos maltratamos o nos despreciamos en secreto. Parece que el rollo de la empatía solo va para con los otros. Así que entramos en discursos según los cuales, no deberíamos sentir lo que sentimos; no deberíamos pensar lo que pensamos… Nos pasamos el día en una constante cháchara tóxica desde la que no hacemos más que ver y cargar las tintas de una manera sádica sobre nuestros fallos, debilidades, complejos, etc. Para rematar la jugada, intentamos cumplir con un ideal de nosotros mismos sobre cómo deberíamos ser, sentir o pensar.

4-Sentirse culpable por no ser un buen padre/madre.
Es un clásico: la convicción de no estar haciéndolo bien con nuestro/s hijo/s. Supone sentimientos de vergüenza, de culpa, de poca autoestima, etc., que casi nunca se comparten precisamente por esa vergüenza o pudor. Hay incluso otro sentimiento que acarrea más culpa y autodesprecio que es cuando un padre/madre siente que a veces regalaría a su hijo o esos momentos en los que se arrepiente de su paternidad / maternidad. Claro, porque ser padre o madre es súper-fácil. Como todo en la vida, ¿no?
Pues mira, la buena noticia es que no estás solo ni eres el único “bicho raro” que a veces siente eso. Es más, te voy a anunciar -por si todavía no lo has pillado- que a veces odiamos a los que queremos. Es así y no pasa nada. Y es que a veces nuestros amados nos irritan y nos tocan las narices. Por supuesto, también lo hacen nuestros hijos. A veces, esos torrentes de energía que son los niños, tienen la enésima pataleta del día y uno ha tenido además un día complicado. Y mira, me da por arrepentirme del día que decidí tener hijos. Es así de fácil. He oído tantas veces lo de “es que no quiero que mi/s hijo/s vivan tal situación o me vean así”… La mala noticia es que no eres perfecto (tampoco tus retoños) y a veces vas a perder los estribos con tu hijo querido al que estrangularías.

5-La vida en pareja es difícil y complicada. Aunque Hollywood nos cuente otra peli. Por favor, deja de creer a Hollywood y las canciones ñoñas de amor.
Otro gran clásico. Si partimos de la premisa que ya es complicado llevarse bien con uno mismo y quererse (ver punto 3), imagínate cuando pones a dos en el mismo espacio y a lo largo del tiempo, cada uno con su personalidad única y distintiva. Hay que compaginar un montón de aspectos: trabajo (aprox 8 horas), logística (ir y venir, comprar, poner la lavadora, limpiar la casa, cocinar, lavar platos o poner el lavaplatos, quitar los pelos de la bañera, usar la escobilla del lavabo, etc.), cuidado de otros familiares (hijos o abuelos)… Además hay que sumarle posibles frustraciones, preocupaciones o problemas en el trabajo (un negocio que no va bien; no ser ascendido profesionalmente; jefes, clientes o compañeros de trabajo difíciles), vivencias complicadas (un hijo enfermo; épocas de problemas económicos; tener que cuidar de un familiar enfermo; la aparición de un amante, etc), ambiciones personales truncadas, etc. Cada día hay que lidiar con una barbaridad de asuntos. Y además están los asuntos emocionales de cada uno, los deseos, las motivaciones, los complejos, etc. ¡Ah! Y la expectativa que mi pareja tiene que ser mi otra mitad, completarme e ir al unísono.

Podría seguir pero por ahora lo dejo aquí.

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