Lo que (no) quiero para mi hijo

Hace poco le oí decir al Gran Wyoming que antes los hijos se tenían porque no quedaba otra. Es lo que todo el mundo hacía y punto. Y no se les trataba con demasiados miramientos.
Pero desde hace unas décadas los hijos se han convertido en proyectos de vida o en parte de un proyecto de vida.
Actualmente muchos padres toman una decisión para tener un hijo; o sea, que lo reflexionan. Incluso durante un largo tiempo.
Hoy los hijos se programan e incluso se decide el número (1 ó 2 en la mayoría de casos).
Además se tienen en edades muy distintas a las de hace unos años.
El enfoque, pues, ha cambiado, es completamente distinto. Ahora los hijos importan y tienen un sentido y una significación que no tenían hace un tiempo.

Ese cambio de enfoque significa que los padres desean implicarse en la educación de su/s hijo/s de un modo muy distinto: se marcan líneas rojas que no quieren saltarse, se plantean el tipo de educación, alimentación, etc, que quieren para sus hijos, si van a hacer colecho o amamantamiento a demanda, o cuando empezar a llevarles a la guardería. Y un largo etcétera.
Ahora mamporrear al hijo porque se pone impertinente es escandaloso.
Lo de pegar a un niño está muy mal visto. Darle una palmada ya es considerado pegar.
Ese es un gran cambio. Los que fuimos pegados lo recordamos como algo impactante por lo menos.

En ese cambio de enfoque hay dos mensajes subliminales. Primero: Lo vamos a hacer distinto (¿mejor?) a cómo lo hicieron con nosotros las generaciones anteriores.
Y dos, el enfoque de convertir a un hijo como un proyecto en el que se plantean tantas cuestiones por resolver, significa que ese niño importa y mucho y que hay unos padres concienciados.
Ojo, no quiero decir que en otros tiempos los hijos no importasen. Debe haber habido de todo. En esta entrevista al psicólogo y psiquiatra Claudio Naranjo, éste refleja qué significó él como hijo y la relación que se estableció entre sus padres.

Sin embargo, me parece que en la actualidad, de forma indirecta recae en el hijo una atención e importancia quizás sobredimensionadas. Le miramos, le vemos y le tenemos en cuenta. Ya no vale todo.

Habrá qué ver qué ocurre con esa mirada distinta e inclusiva. Porque por otro lado, veo a muchos padres acarreando la mochila de “quiero lo mejor para mi hijo“. Les veo muy preocupados por hacerlo bien (¿?) y a menudo oigo frases que empiezan con “(no) quiero que mi hijo…“. Y se puede rellenar los puntos suspensivos con muchas sentencias tipo “no quiero que nos vea discutiendo enfrente de él, faltándonos al respeto, gritándonos, peleándonos, hablando mal de, dudando, o que sea libre, etc”,
No tengo muy claro si, aunque por un lado los hijos se puedan sentir más vistos y tenidos en cuenta que en generaciones anteriores, no estén ya cargando con una exigencia y presión que los propios padres se ponen a sí mismos.

(to be continued)

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