Cómo sobrevivir en un mundo hecho a medida de los extravertidos si eres introvertido II

Muchas veces me han dicho que los introvertidos somos misteriosos. Bueno, déjame contarte que en realidad no hay ningún misterio por resolver. Por lo que sé, lo que ocurre es que estamos aquejados de dosis más o menos altas de vergüenza.
Aunque en este asunto de la introversión se interrelacionen introversión, timidez y vergüenza, no son lo mismo.

Quién más quién menos, cada vez que tiene que empezar algo nuevo que implique tratar con un grupo de personas desconocidas (un nuevo trabajo, un curso nuevo, incorporarse a un equipo de lo que sea), lidia con la timidez. Dicen los sociólogos que es un cierto miedo al grupo y lo que pueda ocurrir. O sea que lo que se mueve en nosotros es el dilema ¿me van a aceptar o me van a rechazar?
Los que han sufrido acoso cuentan que cada vez que se “enfrentan” a un grupo nuevo se les renueva este miedo, ¿me van a aceptar o me van a rechazar?. En donde ser rechazado significa ser sometido a humillaciones, burlas y cualquier escarnio público. Vamos, a la crueldad humana.

Los humanos somos sociales. Así que necesitamos vivir en comunidad. Las comunidades de cazadores-recolectores podían llevar al ostracismo social a alguien que hubiera sobrepasado alguna línea roja. Y era lo peor que le podía ocurrir: ser expulsado de su comunidad, ya que en la mayoría de casos implicaba morir. Ese ostracismo social toma la forma de acoso (o mobbing en el entorno laboral). Cualquiera que se salga de la regla grupal, se la juega. También puede ocurrir que el grupo decide que alguien es distinto y se le toma de cabeza de turco.
Así que probablemente sabemos inconscientemente que el grupo no es un lugar tan acogedor. Para convivir en sociedad, hay un pacto implícito que a veces implica comportarse de maneras aceptables. Sabemos inconscientemente que para vivir entre otros hay que aprender a ser camaleón, jugar a las máscaras, ser diplomático, decir mentiras y aparentar en mayor o menor grado.
Te gustará más o menos, pero la verdad es que necesitamos a los otros. Su mirada nos hace existir.

La vergüenza es algo un poco distinto a la timidez. Quien siente vergüenza, en realidad se avergüenza de sí mismo. “La metamorfosis” de Kafka es una buena metáfora que describe este afecto. Los vergonzosos nos sentimos como si fuéramos ese escarabajo.
Como escribí en el anterior artículo, de pequeña me llegaron repetidamente ciertos mensajes en la línea de no estar comportándome adecuadamente. Al final opté por callar, observar y hacer lo menos posible. Interpreté que había algo inapropiado en mi fuero interno (= el escarabajo de Kafka) y decidí esconderlo. Aprendí a pasar tan desapercibida como me fue posible. Si me hacía invisible, los otros no podrían descubrir mi indignidad. Adopté el rol de la niña buena.
Para mí, había dos mundos: ese de afuera, que no entendía, el de las relaciones con los otros que se guiaban por unas pautas en las que no era hábil, el de las apariencias y las mentiras, la superficialidad, la doble moral y la hipocresía, el de sonreír cuando no me apetecía. Era (y es) el mundo de la máscara. Por otro lado, estaba -y está- el mundo interno con el que me gusta(ba) dialogar, el de leer, escribir, escuchar música o dibujar, el de la imaginación, el de hacerme planteamientos que sabía por experiencia que no serían bien recibidos; pero, a la vez, ese mundo era el de la indignidad.

Cuando dicen que los introvertidos apenas hablamos de nosotros, hay que contextualizarlo. Dependerá de la situación y de las personas implicadas. Se llama prudencia. Pero ¿acaso este comportamiento de apenas hablar de nosotros no lo compartimos también con los extravertidos?. En realidad, muchos extravertidos tampoco hablan de ellos. Hablan acerca del trabajo, de sus estudios, de algunas cosas que creen podrán impresionar al otro, o quizás son muy divertidos, el alma de la fiesta o tienen labia para hablar de lo que sea y enrollarse como persianas, tienen soltura. Cualquier cosa antes que el silencio. Y por descontado no hablan de ellos, de lo que les ocurre en su fuero interno.
Así que parece que tenemos algo en común. Lo que pasa que en un caso se manifiesta de forma muy evidente y en el otro queda emmascarado por la soltura y el don de gentes.

to be continued

foto de pixabay

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