Soy tu miedo a la soledad

Lo he oído en boca de muchas personas. Tengo miedo de quedarme sol@. ¿Qué se esconde detrás de ese miedo?

Por un lado, la expresión conlleva implícitamente un miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos. Como si nuestra propia compañía fuese la peor del mundo.
¿Pero por qué nos da tanto miedo ese estar con nosotros mismos? ¿Qué es eso tan horrible que vamos a encontrar? Pues seguramente vamos a encontrar todos aquellos aspectos de nosotros que no nos gustan para nada y que intentamos evitar a toda costa. Por ejemplo, que no nos gustamos o que no nos caemos bien. Vamos a encontrar aquella instancia o voz hipercrítica (el juez interno) que se pasa el tiempo dejándonos a la altura del betún; nunca somos o hacemos suficiente algo, según este personaje. Quizás encontraremos la idea loca que no somos merecedores del afecto de los otros (ni por supuesto del nuestro). O quizás los mantras van en la dirección de decirnos que somos unos farsantes y que se nos ve a la legua. En fin, cualquier descrédito personal va a aparecer si estamos en nuestra propia compañía.
Ese viaje, el de permanecer en nuestra propia compañía, es el que precisamente propone la meditación o la psicoterapia: vamos a escuchar esa cháchara interna y vamos a intentar no engancharnos a ella. Vamos a observarla sin intentar enjuiciarla. La psicoterapia además la cuestionará. ¿Tan infumables somos?

También hay otra idea (loca) en ese miedo a la soledad y es la de que sol@ no puedo o no voy a poder (con las circunstancias de la vida). Por eso muchas personas buscan desesperadamente estar en una relación. Además, a menudo se da una idealización del otr@ según la cual es mejor que nosotros. Esa concepción que uno no puede o no va a poder, de nuevo lleva implícito en este caso el poco amor propio. Pero además está el hecho que nos tratamos como si fuésemos niños de 4 o 5 años que no pueden, por ejemplo, atarse los zapatos o lidiar con la tristeza. Así que a menudo hay un niñito dentro de nosotros con aspecto adulto, que busca la mano de otro adulto para que le lleve o le ayude a cruzar la calle. El otr@ se convierte en una especie de bastón con el que caminar y sin ese bastón caminar se hace imposible. ¡Ojo! Estoy hablando de poco amor propio y de mantener una relación de dependencia. No me refiero a la necesidad que podemos tener de compartir con otros nuestras situaciones y problemas o incluso de pedir ayuda.

Así que por ahora tenemos miedo a escuchar lo que pensamos de nosotros y una desconfianza total o casi en nuestras capacidades y la dependencia de otro.

Sin embargo, últimamente me va viniendo que detrás de ese miedo a estar sol@, hay algo todavía más profundo o metafísico: un miedo a no poder tener una conversación de tú a tú con otro ser humano en la que expresar mi verdad. Y que esa verdad sea escuchada sin juicio ni intención de resolverme la existencia con un alud de consejos. Cada vez estoy más convencida que si dejáramos de creer que es el nuestro un sufrimiento único o extraño y empezáramos a compartir nuestras verdades, nos daríamos cuenta que hay más de uno o más de dos que se sentirían identificados con nuestra verdad. Por ejemplo: “No siento que sea un buen padre“, “Siento que soy un impostor“, “Se me hace difícil estar en pareja“, “Aunque tengo éxito profesional, no me siento feliz“. O lo que sea.

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