Ideales infernales

Una jefa que tuve hace años me dijo ”Eulalia, si me vienes con un problema, venme también con parte de la solución”. Me quedé impactada, aunque entendí lo que me pedía. Estaba en un mando intermedio y una de las cosas que me tenía aburrida era la gran capacidad de crítica y la, a veces, poca capacidad resolutiva de algunas personas. Quiero decir que me di cuenta de lo fácil que es para todos ver las cosas que no funcionan y qué difícil reconocer cuánto cuesta modificarlas. Qué fácil es quejarnos de un problema y (esperar) que sea otro el que (me/nos) lo resuelva.

Quién más quien menos tiene una idea de cómo deberían ser las cosas. Sin embargo, es muy fácil rajar, y muy difícil ponerse manos a la obra para cambiar aquello con lo que estamos en desacuerdo. Parafraseando aquel que inventen los otros, podríamos decir que (lo) cambien los otros. Afortunadamente, o no, los otros tienen cosas más interesantes que hacer que cambiar o hacer según nuestros gustos o pareceres.

Cambiar implica tiempo y energía, sin perder de vista que, además, hay que pensar cómo lo vamos a hacer y organizar los pasos a seguir. Supongo que por eso resulta mucho más fácil acusar o culpar hacia fuera.

Una cosa es la teoría, y otra bien distinta, la práctica. Los ideales entran en la categoría de teoría. Al hacer, al poner en práctica, al ejecutar, surgen las dudas, los miedos o las inseguridades, personales o grupales. Aparecen los claroscuros y las certezas se difuminan. A menudo, uno tiene que llevar a cabo algo con otras personas implicadas. Cualquiera que haya estado en un grupo, sea de teatro o de trabajo, sabe que cuando las personas nos juntamos, cada una tiene criterios distintos. Por eso supongo que últimamente se habla de inteligencia colectiva. Lo que no sabe uno, lo sabe otro. Hay ese refrán africano, que dice: Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve en compañía.

La cuestión es que llevar a cabo algo, especialmente cuando hay otros implicados, es altamente complicado. Cada persona es un universo en sí. Lo único que podemos hacer es sentarnos a hablar, a debatir (eso es negociar) y llegar a ciertos acuerdos.

Así que todo lo que sea un ideal, o que sería ideal que una situación fuese de una determinada forma, hay que tomarlo más como una hoja de ruta, un faro que indica hacia donde dirigirse. Poco más. El peligro del ideal es convertirlo en una especie de ley. ”Esto tendría que ser así o asá”.

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