A flor de piel

Los días pasan y la euforia inicial empieza a decaer. A nuestro alrededor llegan las noticias de familiares, amigos o conocidos que han pasado, están pasando o no han pasado (*) por el covid-19. También nos enteramos de los despidos, especialmente de los ertes que nos afectan, o directamente o a los que conocemos. Comentábamos con unos amigos que quizás las cifras de ertes son superiores a las oficiales visto lo que nos está ocurriendo. Personas que, llega final de mes, y ya no pueden pagar el alquiler, los servicios básicos, etc. De ahí algunas iniciativas surgen para hacer huelga en el pago de los alquileres.

Un p. virus nos está mostrando (engreídos occidentales) que en realidad no controlamos nada. Vivíamos en una fantasía de control. No solo no controlamos, sino que las circunstancias no son como a nosotros nos gustaría. No es que sea una novedad; pero por si alguien tenía dudas (algo egocéntricas), cae por su propio peso: las circunstancias son las que son, para todos nosotros, los más de 7.000.000.000 de sapiens habitantes de la Tierra. El planeta entero está afectado en mayor o menor grado. También nos pone de morros lo vulnerables que en realidad somos.

Hemos vuelto casi a la base de la pirámide de necesidades de Maslow, donde lo importante era cubrir las necesidades básicas: un techo, comida y bebida, un abrigo o fuego, salud. Y un maldito abrazo. Ahora resulta que los despreciados en la jerarquía laboral (reponedores, limpiadores, conductores e incluso parte del personal sanitario…), aquellos que mirábamos por encima del hombro como casi-no-personas por sus oficios, están trabajando para dejar los espacios públicos impolutos, transportan alimentos, bebidas, medicinas, los colocan en los estantes de tiendas y supermercados, o cuidan de nuestra salud. Y en el ámbito de la salud, tienen que dar buenas o malas noticias.

Aunque, según parece, todavía no se conoce exactamente cómo funciona este virus, se cree que se contagia por el contacto, más que por el aire. Por eso, el personal sanitario tiene que vestir de una manera aparatosa (visto desde fuera). Por eso los familiares de los afectados no pueden estar al lado de su cama, haciendo compañía o sosteniendo sus manos. Es un enorme impacto emocional para el afectado, sus familiares y amigos. No puedo imaginar el dolor de los que no han podido estar al lado de aquellos que han perecido y que tampoco han podido hacer una despedida apropiada. Los rituales tienen un valor, como dice mi amiga Anna F.

La frase “no me he podido despedir” la he oído un montón de veces, acompañando en algún duelo. No me he podido despedir significa no he podido decir aquellas cosas que para mí eran importantes. No he podido tener una charla significativa contigo. No te he podido decir que te quiero. O (también) que te odio. O que lo siento, o lo que sea.

El pudor emocional, ése que nos frena de decir lo significativo. Ese pudor que conozco muy bien.

Por eso imagino que el periodista Carles Capdevila, que le tocó un cáncer y tuvo que hacer frente a los límites del estar vivo, decía aquello de “digámonos cosas bonitas”. Digámonos lo significativo.

(*) Mi pequeño y lejano homenaje al creativo austríaco Johannes Newrkla que conocí mientras dirigí la ADG-FAD.

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