Adáptate a tu ritmo

Se dice de los sapiens que somos una especie con una gran capacidad de adaptación. Nos hemos adaptado a vivir en todo tipo de lugares desde la selva, a la estepa mongola, al desierto o a las alturas. Podemos vivir en entornos fríos o helados, tropicales, lluviosos, secos o muy húmedos. Pero no solo nos hemos adaptado a entornos. Históricamente nos hemos adaptado a todo tipo de condiciones. Tantas veces en la historia ha habido personas que vivieron (y viven) sujetos a la condición de esclavos, con todo lo que implicaba.

Adaptarse, sin embargo, requiere de un proceso tanto físico como mental. Eso a su vez, significa tiempo y lidiar con un montón de emociones. Porque además de sociales, los sapiens también somos emocionales. A mi personalmente me está costando adaptarme a esto que algunos le han dado en llamar la #nuevanormalidad

La nueva loquesea apesta. No porque apeste en sí. Es solo una apreciación personal. Otra forma de decir que no lo llevo bien. Debo pertenecer al grupo paranoide porque veo brotes por todas partes. Escucho las noticias de expertos (médicos, epidemiólogos, etc) que insisten en que no nos relajemos y mantengamos las medidas de precaución. O porque considero que este virus continúa tan suelto como hace unos meses. Por ejemplo los estragos que está haciendo en otras partes del planeta, como el continente americano.

Y mientras algunos compañeros de especie sí me parecen muy relajados, yo voy por ahí rechazando abrazos, besos, o encuentros grupales. No me resulta nada agradable decir que no. En esta imagen que alguien compartió en Linkedin, sería de las que irían con la cinta roja.

Tomado de Linkedin


Voy asumiendo que soy de ritmos lentos y eso también afecta a mi reincorporación a… ah, no, espera… ninguna reincorporación. No me estoy reincorporando a nada preexistente. La incertidumbre se ha instalado soberanamente. Solo sé que no sé nada, es la frase que lo resume. No he regresado a nada anterior. Hay proyectos profesionales que se han caído o semicaído. Estoy teletrabajando. No sé básicamente qué ocurrirá ni a nivel personal ni en general. ¿Voy a continuar viviendo en mi casa? ¿O tendré que mudarme? ¿De ciudad o de país?

La incertidumbre ya estaba antes de la #nuevacosa. Solo que, en las sociedades occidentales, vivíamos (¿vivimos?) montados en las locas ideas de la seguridad, la confortabilidad, el consumismo, la previsión del futuro. Y apareció algo minúsculo y se cargó esas certezas.

Así como algunas personas me han comentado que el confinamiento les ha servido para revisar aspectos de sus vidas, a mi el desconfinamiento me está sirviendo para ver que salir a la calle y ver a (casi) todo el mundo llevando mascarillas (eso sí, en formatos de lo más curiosos: colgando de la oreja, por debajo de la barbilla o de la nariz, etc.) es algo que continúa impactándome. El alma (o algo así) se me cae a los pies ante el panorama. Sentarme en una reunión con mascarilla y toda la negociación previa para que respeten mi querer guardar las distancias físicas (que no sociales) me cuesta. También llevar de compañero infatigable el gel de manos o ponerme guantes para hacer la compra.

Se me está haciendo una digestión lenta, muy lenta. O como dijo alguien New normality sucks.

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