Pero qué mala persona eres. La culpa parte 2.

Como escribía hace poco, la culpa es un sentimiento que aparece inevitablemente en algún momento de un proceso terapéutico: se verbaliza el “me siento culpable por“.

Más allá de la terapia, que levante la mano quien no la haya sentido en alguna ocasión.

Es un tipo de sentimiento que se vive como algo desagradable, pesa, y por eso probablemente tratas de evitarla a toda costa. A pesar de que, como cualquier otro sentimiento, da información sobre lo que te está pasando.

La culpa tiene un aspecto positivo. (Se supone que) los sapiens tenemos capacidad de reflexión. Así que, la culpa es consecuencia de la valoración que puedes hacer de tus actos.

Precisamente porque haces esa valoración, puedes darte cuenta de si has metido la pata en algún asunto y en relación a alguna persona. Así que te puede ayudar a enmendar alguna situación, disculparte, pedir perdón, etc.

Lo problemático de la culpa es que generalmente tiene una textura viscosa y pegadiza que se resiste a desaparecer a la primera de cambio. Como comenté anteriormente, es gestionada por el juez interno: esa especie de comentarista en directo de tus acciones, sentimientos y pensamientos que acostumbra a mirarte y a tratarte como si fueras una botella medio vacía.

Es importante detectar este comentarista juicioso porque acostumbra a ser demoledor. Si lo tienes muy estructurado internamente, puede acarrearte como consecuencia que la culpa esté allí casi permanentemente, en modo okupa.

Muchas de las cosas que harás o que no harás serán por culpa de la culpa.

Seguro que has conocido alguna vez a alguien que está pidiendo siempre perdón. Y quizás te ha incluso rechinado o provocado rechazo. No hay para tanto, piensas. Ese es un ejemplo extremo de como la culpa puede permanecer más allá de lo saludable.

Quizás algunas de estas situaciones te resulten familiares:

-sientes culpa porque le has gritado a tu hijo… otra vez. Automáticamente el sentimiento de culpa y el juicio de “soy un/a mal pa/madre” aparecen.

-sientes culpa antes de decirle algo incómodo a un ser querido. Por ejemplo, a tu pareja. “Le voy a hacer daño”, te dices. Así que optas por callarte. Para no hacerle daño.

-estás pensando en contratar a un cuidador para uno de tus padres. Pero no lo haces porque ya sientes que eres un mal hijo al abandonarle y dejar esta tarea en manos de otro.

-sientes culpa porque deseas a otras personas y no deberías. Estás felizmente casad@.

Vamos a ver a cámara lenta cómo interviene la culpa en cada uno de estos casos.

Imágenes de Pixabay.

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